La sociedad, el medio que nos acoge, nos marca indefectiblemente, nos pone un sello muchas veces maldito (sobre todo cuando se es pobre en un país lleno de desigualdades) que puede conducirnos derecho al matadero, sin darnos cuenta, se apropia de nuestro subconciente y nos enseña modelos de conducta que repetimos una y otra vez, y que nos llevan a entregar nuestras cabezas como ganado, a tientas, dando tumbos, haciendo sufrir a los que más nos aman…
Pero otras veces, en cambio, esa misma realidad oscura puede ser el germen de nuestra rebeldía, el cimiento en el que se apoye nuestro grito, nuestra obra, nuestra convicción de ser diferentes, de salir de eso, de sacudirnos la mierda, de ser felices… D’jango se encuentra dentro de este grupo de gente, él es uno de los que entiende que todo, aboslutamente todo en esta vida, tiene un único fin: ser feliz.
No se trata de acumular dinero, de procurar fama, de ser el más temido, o el más temerario, no se trata de la ropa que vistas, ni de la universidad en la que estudies, no se trata de si eres músico o albañil o médico, no se trata de cuánto sabes, ni de cuánto ignoras, se trata simple y llanamente de ser feliz. Cosa que pocos logran.
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